Viaje

Cuando me dijeron que nos íbamos de viaje empecé a agitarme por la emoción. No podía esperar a que me abriesen el portón trasero del coche para subir de un salto, como un gamo, a pesar de que ya no soy un cachorro. Una vez dentro empecé a preocuparme porque el resto tardaba mucho en subir. Me horrorizaba la idea de que me dejasen allí solo, pero por suerte en unos minutos estábamos todos a bordo y camino de algún lugar. No sé cuál, pero no me importaba. Estábamos juntos.

No sabía cómo agradecer la idea del viaje a mi familia, así que empecé a besar en las orejas a los que se sentaban en los asientos traseros, justo delante de mí. Les hice reír a carcajadas. En respuesta a mis húmedas muestras de cariño me abrieron una de las ventanillas. Saqué el hocico y entonces un arco iris de olores entró por mi trufa a toda velocidad. Polen, frutos, grano, hojas, esencias, aire puro. Todo dentro de mis pulmones al mismo tiempo. Cerré los ojos, abrí la boca y dejé salir mi lengua mientras aspiraba ese torbellino de fragancias.

Volví a meter la cabeza en el interior del coche después de tantas emociones. Me puse a dar vueltas hasta encontrar una postura cómoda y dormí un rato, estaba agotado.

Pasado un tiempo me despertó un fuerte bamboleo que casi me pone patas arriba. Miré a mi alrededor desorientado. Había olvidado dónde estaba. Al comprobar que seguíamos de viaje me puse en pie y volví a besar a los que tenía más a mano. Pero algo iba mal. Demasiadas curvas empezaban a marearme. Se me secaba la boca y sentía que el estómago se retorcía por momentos. A pesar de relamerme la trufa cada pocos segundos, ésta seguía seca. Trataba de humedecerla con la lengua, pero no había forma, era como el caparazón de una tortuga. Intentaba permanecer erguido, con el trasero firmemente asentado y las patas delanteras bien abiertas. Las recolocaba continuamente para no perder el equilibrio. Entonces alguien se giró y me encontró de esa guisa. Tenía mala cara. La cabeza me pesaba tanto que apenas podía mantenerla levantada. Si llevase gafas parecería que miraba por encima de ellas. Mi dramático aspecto hizo que pararan el coche en un lugar perdido del mundo. Salí a duras penas cuando me abrieron el portón y vomité. Después me dieron agua y estiré un poco las patas por aquel extraño sitio. En poco tiempo había podido recomponerme. El nudo del estómago empezaba a deshacerse y podía mantenerme en pie sin dificultades.

Volví a subir de un salto a mi sitio dentro del coche. Y volví a preocuparme porque el resto tardaba mucho en subir. Cuando estábamos todos a bordo les volví a besar con insistencia en las orejas. Una vez en marcha me abrieron de nuevo la ventanilla para que pudiera sacar la cabeza. Y pude sentir de nuevo un arco iris de olores en mi interior.

@desmond_eutand

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Una sombra en el retrovisor

Salí del concesionario un viernes pensando en mi nueva vida. El coche de altísima gama que acababa de comprar era un símbolo de ella. El ascenso que me había ganado (a codazos, para ser sincero) me permitía desde hacía algún tiempo disfrutar sin reparos de casi cualquier lujo que se me antojase. Ya no necesitaba pensar si podía hacer o comprar algo. El verbo poder para mí había cambiado por uno nuevo: querer. Conducía sentado en un asiento de cuero, manejaba un volante de madera con brazos de plata, pensaba en el tiempo que tenía por delante y entendía que mi vida había cambiado para siempre.

Durante el trayecto hasta llegar a casa telefoneé a amigos y amigas. En ese aspecto mi vida también había mejorado notablemente. Aquella vida social que anhelaba cuando literalmente no tenía donde caerme muerto se había convertido en realidad. Era otro de los lujos que había querido – y por tanto podido – comprar. Sustituía esta vida por la anterior, de la que sólo guardaba una foto de la familia en la casa en la que crecimos mis hermanos, mis perros y yo. No echaba de menos aquello. De hecho, intentaba borrarlo de mi memoria y había depositado la mencionada foto boca abajo en el fondo del cajón más recóndito de mi vestidor, sepultada bajo una colección de corbatas de seda.

Accioné el mando del garaje al divisar el tejado azul de mi casa. Entré por el sendero de grava decorado a los lados con ligustro. Detuve el coche y paré el motor. Entonces una sombra en el retrovisor llamó mi atención. Bajé del coche y caminé hacia ella, que se escondía bajo los arbustos del pequeño jardín que daba entrada a la casa. Cuando me había acercado lo suficiente para verla me flojearon las piernas y tuve que arrodillarme en el suelo. Dos ojos negros me miraban fijamente. Un cuerpo marrón temblaba incesantemente. Alargué mi mano para acariciarle la cabeza, pero la sombra se echó hacia atrás, temblando con más intensidad ahora.

Me alejé despacio para evitar asustarla aún más. Fui hasta la cocina y preparé agua y algo de arroz que encontré en la nevera en sendos platitos. Se los llevé a la sombra, que no reaccionaba. Sólo temblaba y temblaba. Me llevó horas ganarme un ápice de su confianza. Entraba y salía de la casa, me mantenía a distancia y le susurraba palabras de cariño, pero no reaccionaba. Sólo temblaba y temblaba. En un momento dado la sombra, movida por la sed supongo, se acercó al platito de agua y mojó su lengua azul. Poco más tarde masticaba unos granos de arroz.

Así pasamos todo el fin de semana. Entre mis planes estaba no dormir demasiado, pero por otros motivos. Después de cancelar todos mis compromisos sociales me dediqué a cuidar de la sombra noche y día. Poco a poco llegó a aceptar mi mano en su cabecita, agradeció la toalla húmeda con la que limpié sus ojos y le alivió comprobar que había eliminado un buen número de garrapatas de su cuerpo. Eran las siete de la tarde del domingo cuando por fin conseguí que me siguiera hasta el interior de la casa. Curioseó un poco por la planta baja de aquel enorme edificio que distaba aún bastante de ganarse el título de hogar. Se hizo un ovillo en la manta que le había preparado en el suelo de la cocina y durmió tranquila unas horas.

Entonces me paré ante la sombra y la observé con detenimiento. Y al verla así, desvalida, pero confiada, entregada a mí, agradecida eternamente, sólo entonces entendí que mi vida había cambiado para siempre.

@desmond_eutand

Memoria olfativa

Dicen que la memoria humana funciona por asociación, por eso ciertos olores despiertan de inmediato recuerdos muy concretos. A diferencia de otras memorias, la olfativa es una memoria emocional. Un olor puede evocar situaciones, despertar emociones y cambiar nuestro humor en una fracción de segundo.

El vínculo se hace poderoso cuando el olor es percibido por primera vez y durante los primeros años de vida. Entonces unos misteriosos compartimentos del cerebro, la amígdala y el hipocampo, se encargan de unir ese olor a la experiencia en la que se ha puesto de manifiesto y grabarlo a fuego en el ser del individuo en cuestión.

Algunos estudios van más allá. El olor del líquido amniótico en recién nacidos – el mismo que les envuelve en un ambiente confortable y seguro durante el embarazo – genera en ellos un efecto calmante según el experimento de un grupo de científicos de varios países de Europa y Estados Unidos. Se pretende demostrar así que los olores que percibe el feto durante la gestación también quedan grabados en su flamante memoria.

Ese extraño comportamiento del cerebro humano no deja de ser un regalo. Una especie de máquina del tiempo. Quien ha tenido la fortuna de tener un perro en su infancia puede viajar atrás una y otra vez. Basta con acercar la nariz a un cachorro y cerrar los ojos. Entonces, aparecer de repente en una pequeña cama, tapado con una manta marrón; notar las manos suaves de la madre en la frente, la voz profunda del padre, que le da las buenas noches. Y un pequeño perro jugueteando sobre sus piernas al otro lado de la cama.

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Viejo

Amanece otra vez. Una más. Se despereza e intenta estirarse, aunque le resulta difícil. Su celda no es demasiado amplia.

De un momento a otro empezará la retahíla de visitantes que pasarán por delante de los barrotes. Le mirarán con congoja algunos; otros con cierto aire de desprecio mal disimulado. Él volverá a ilusionarse con cada mirada. La del hombre que pasa con una niña en brazos y le señala. Las dos mujeres mayores que se paran frente a él y empiezan a cuchichear. Luego una familia al completo.

Él sueña con la vida que llevó una vez y que podría llevar de nuevo con cada uno de ellos. Las tardes tumbado en el sillón, las caricias, los paseos, los despertares…

Mueve la cola con alegría. No es una pose, se ilusiona de verdad. Cualquiera de esas miradas es para él más que suficiente para soñar. Justifica todo el amor que está dispuesto a dar. Sin esperar a cambio nada más que una oportunidad.

Pero un día más, todos pasan de largo.

Desde su lado de los barrotes mira, se ilusiona y se decepciona una y otra vez. Mañana, aunque él no es consciente, será otro día. El mismo día repetido una vez más. Una y otra vez.

Es demasiado viejo y ya no le quieren. Su lugar en el mundo ya no existe. Mejor dicho, se reduce a una celda en la que con él morirá un día todo lo que podría dar sin esperar a cambio nada más que una oportunidad. Pero él no sabe nada de todo esto. Sólo mira, se ilusiona y se vuelve a decepcionar una y otra vez.

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Blondi

Tendría diez u once años cuando recalé en aquella hermosa casa rodeada de montañas, valles y bosques. Mi nuevo amo me acogió con enorme cariño y me puso por nombre “Blondi”, supongo que en referencia al pelo pajizo de mi cogote de pastor alemán.

Enseguida me hice un hueco en aquel hogar. Me serví de mi extraordinaria capacidad de atención, mi temple y mi obediencia al amo, que a pesar de su estricto comportamiento con todo el mundo, a mí siempre me favoreció con halagos y caricias.

En aquel tiempo eran comunes las visitas. Solían venir familias enteras, con multitud de niños que se entretenían correteando tras de mí, subiéndose a mi lomo o haciendo cualquier travesura que me obligase a salir aullando con el rabo entre las piernas. A mi amo esto le enfurecía enormemente. Sospecho que el cariño que sentía por mí y por los de mi especie era diferente al que sentía por los de la suya.

No puedo quejarme en cualquier caso. Salvo aquellas visitas, no siempre tan incómodas, casi todos me apreciaban mucho. Incluso las criadas y mayordomos, que me dedicaban dulces palabras y me agasajaban con chucherías siempre que tenían ocasión. En cualquier caso, no sabría decir con certeza si todo esto lo hacían por amor hacia mí o por temor a mi amo. Albergo estas dudas porque ella – la mujer de mi amo -, en ocasiones me pellizcaba o me daba algún puntapié bajo la mesa. Me odiaba, pero nunca en presencia del amo.

El tiempo pasó muy rápido en ese apacible sitio. Apenas cuatro años en los que sin embargo pude comprobar un fuerte deterioro físico de mi amo. Su pequeño bigote encaneció, su piel se tornó de color ceniza y su brazo izquierdo, tan pronto se paralizaba como empezaba a temblar sin control. Yo notaba qué era lo que le hacía tanto mal. Esas visitas que pasaron de ser agradables jornadas al aire libre a miserables reuniones en el salón grande, en las que todo eran gritos y protestas en torno a un mapa. Cada vez que se celebraba una de esas reuniones, yo esperaba fuera, temerosa. Mi amo salía y pasaba de largo, ignorando mi presencia, tal era su irritación. Para mí habían pasado sólo unas horas, pero pareciera que para él hubiesen sido años. Esto me entristecía mucho y me enfadaba con aquellos hombres uniformados que tanto daño le hacían.

Al poco tiempo tuvimos que mudarnos, cosa que hice con gran pesar, ya que tuve que dejar atrás a los cuatro cachorros que acababa de parir. Pero nunca se me habría ocurrido abandonar a mi amo. Menos ahora, que veía cómo su salud empeoraba por momentos.

Nuestro nuevo hogar nada tenía en común con el anterior. Era oscuro y triste. Largos pasillos separados en tramos por puertas que solían permanecer cerradas casi todo el tiempo. Mi amo salía muy de vez en cuando, momento que aprovechaba para dar un paseo conmigo. Yo pasaba el resto del día tumbada en la puerta de su habitación, esperando el momento en que apareciese para recibir una caricia, que cada vez notaba más lejana.

Una tarde todo cambió. El caos se apoderó del laberinto subterráneo en el que vivíamos. Gente corriendo de acá para allá. Gritos y empujones. Papeles por todas partes. Entonces apareció mi amo. Abrió la puerta de la habitación y pasamos. Me acarició con sus manos temblorosas y me dijo algo que no entendí, tras lo cual se marchó. Acto seguido apareció uno de los hombres que vivía con nosotros y sin mediar palabra me metió en la boca una cápsula de horrible sabor. Yo intenté escupirla, pero sus manos eran fuertes y bloqueaban mis mandíbulas, así que mi forcejeo no duró demasiado. Después de eso me dormí y todo acabó. Me fui sola, sin la compañía de mi amo, que tanto cariño me había dado. Mi amo, a quien fui leal siempre, sin cuestionar por un segundo quién era, qué lengua hablaba o a qué se dedicaba.

@desmond_eutand

Metaxá

– Por fin – dijo al tiempo que subía el volumen del televisor.

El presentador del telediario relataba los hechos. “Arrestado el hombre que atracaba a ancianas en sus portales. Su modus operandi era tan cruel como eficaz. Durante días seguía los movimientos de sus víctimas; controlaba sus entradas y salidas. Cuando se había familiarizado con sus rutinas, esperaba oculto en el portal en el momento en que éstas salían a hacer un recado o a comprar. Sabía que en ese momento llevaban el monedero cargado. Luego se abalanzaba sobre ellas, las golpeaba con violencia hasta que perdían el sentido y les arrancaba el bolso de las manos. Si llevaban un collar, un anillo o un reloj, los incluía en el botín sin reparo alguno.

La policía agradece la colaboración ciudadana, ya que esta mañana el atracador ha aparecido en la puerta de la comisaría de *. Estaba semi-inconsciente. Tenía graves heridas en pies, manos, piernas y genitales. Le habían arrancado la camisa y de los tejanos que solía vestir sólo quedaban unos jirones que  apenas le cubrían el cuerpo. Su captura y entrega más bien parece obra de un superhéroe de cómic”.

El presentador dio entonces paso a otra noticia.

– No dicen nada de nosotros, Metaxá – dijo dirigiéndose a su perro. Pero el pequeño sabueso helénico no hacía caso. A un lado del sofá, tumbado, se entretenía deshilachando un trozo de tela vaquera con los dientes.

@desmond_eutand

Madrid

Yo era un simple perro callejero al que la mayoría de los hombres de esta ciudad maltrataban. Me expulsaban de todos los sitios a patadas, me quemaban con sus cigarros mientras dormía y me negaban un trozo de carne que echarme a la boca. Por contra, aquellos soldados de habla extraña que se habían instalado meses atrás en nuestra tierra solían ser amables conmigo y con frecuencia me daban algo de comer o me regalaban una caricia en la cabeza si me acercaba a ellos. Sin embargo ese día elegí estar del lado de los españoles. Al fin y al cabo eran los míos… 

Aquella funesta mañana salí de mi escondrijo en un pequeño solar del barrio de Maravillas, como de costumbre, y subí hasta la calle de San José. En el número 12 se alojaba el joven Gabriel, del que guardo bello recuerdo, ya que siempre me trató con cariño. Atravesé el portón, que estaba entreabierto y subí los escalones en su busca, pero no le encontré. Escuché a unas vecinas decir que los mozos habían bajado a la Puerta del Sol, donde al parecer, pronto se armaría bullicio. Sin entender bien qué significaba, caminé hacia allá y lo que vi al llegar me conmocionó.

Cientos de hombres y mujeres se agolpaban en aquella plaza y gritaban consignas en contra de los invasores. Vivas al Rey y mueras al Emperador. Entonces la tierra empezó a temblar. De las calles aledañas emergió una multitud de soldados, muchos de ellos montados a caballo y empezaron a cargar contra todo lo que se movía. Los míos se defendían de cualquier manera. Usaban por igual navajas, pinchos, garrotes o uñas. Herían sin miramiento a hombres y a bestias, tanto es así que por poco quedo sepultado debajo de un caballo que se derrumbaba sobre mí con las tripas fuera. Largo rato duró aquella carnicería en la que yo, lejos de acobardarme, ayudaba en lo que podía. Al ver como tres hombres trataban de descabalgar a uno de esos soldados de piel oscura me uní a ellos. Agarré al extranjero por la bota con mis colmillos y le hice caer al suelo, donde uno de los hombres se encargó de acabar con su vida. Luego me enteré de que aquel enorme soldado era un antiguo héroe de Austerlitz…

Poco a poco los invasores se hicieron con el control de la plaza. Los míos huían a la carrera por la Calle Mayor y yo, sin saber muy bien qué hacer, decidí volver por donde había venido y me deslicé entre las patas de los caballos, los cuerpos desangrados que se amontonaban en el suelo y los soldados que formaban ya una sólida columna destinada a acabar con la revuelta. Subí a la carrera hasta la calle de Fuencarral y encaré la de San José. Encontréla desierta así que decidí seguir el rastro de mi olfato. Abrí las rendijas de mi trufa y desgrané el aire hasta hallar un olor que me resultó familiar. Era el rastro de Pedro y Luis.

Corrí sin descanso hasta el Cuartel de Monteleón, en el que unos pocos se preparaban para combatir a muchos. Luis daba órdenes con determinación y frialdad mientras Pedro alentaba a la tropa con furia y calidez. Al verme aparecer, Luis rompió su férreo porte y se inclinó sobre su rodilla para acariciarme la cara y las orejas. Yo movía el rabo y le lamía sin parar. Sin embargo, al ver mi lomo manchado por la sangre de la refriega anterior, su sonrisa se tornó mueca. Me cogió del cuello y me susurró al oído: “Hoy moriremos aquí, cachorro. Al menos lo haremos juntos”.

Lo que ocurrió después pasó ante mis ojos sin apenas darme cuenta. Durante los sucesivos ataques me mantuve en primera línea, erguido y desafiante al lado de Luis, que no paraba de dar órdenes y alentar a soldados y civiles. Cuando los invasores consiguieron acceder al cuartel y empezó la lucha cuerpo a cuerpo me entregué a fondo. Saltaba y mordía a todo aquel que osaba acercarse. No dudaba en ponerme delante de las bayonetas si éstas amenazaban el cuerpo de los míos, a los que veía dejarse la vida. Ancianos, chicos, mujeres y hombres luchaban hasta que no les quedaba una gota de sangre en el cuerpo. Enfrascado en el combate caí en la cuenta de que había perdido de vista a Luis, de modo que cuando vi despejado mi flanco retrocedí en su busca. Di con él unos metros atrás. Le habían herido en una pierna y se apoyaba en el hombro de mi amigo Gabriel. El fuego había cesado por unos instantes y uno de los invasores le hablaba a Luis en muy mal tono. De pronto todo volvió a tornarse caos. Al tiempo que sonaban los cañonazos de nuevo, una bayoneta atravesaba el cuerpo de Luis y sacaba de mí un gemido de dolor al ver caer a mi capitán. Luego Pedro, Clara, Benita y tantos otros amigos fueron perdiendo la vida en ese lugar que nunca dejé de frecuentar, a pesar de todo.

Aquel día el invasor ganó. Pero de poco le serviría la experiencia, la preparación y contar con tan grande ejército cuando enfrente tenía a un pueblo capaz de unirse, aunque fuera sólo por una vez para luchar. No por España o por el Rey, sino a pesar de ellos. Por sus familias, por sus amigos, por sus vecinos, por sus casas. Entonces entendí que la lealtad o el coraje, esas virtudes que nos achacan a los de mi especie, a veces también la tienen los humanos.

@desmond_eutand

Jana

Jana – Janota – , es especial.

Está en la última etapa de su vida. Se le nota en la cara. En sus cejas blancas y su hocico moteado. Sin embargo todavía es una perra majestuosa. Todo un pastor alemán. Es como esas mujeres que fueron guapas de jóvenes y que mejoran con el tiempo, sustituyendo de manera natural belleza por elegancia.

Sus patas ya no tienen la fuerza de antes, pero Jana sigue poniéndose de pie para mirar por encima de la tapia, que le encanta. Los paseos son cortos ya, pero sale al jardín a jugar con la pelota, como un cachorro. Y corre hacia la puerta cuando sale el coche a esperar su chuchería. A Jana aún le encanta que le rasquen las costillas y la tripa. Se tumba boca arriba y sonríe, como si le hiciesen cosquillas las caricias.

Cuando salgo a la terraza la encuentro tumbada. Ya apenas oye, así que no nota mi presencia hasta que poso una mano sobre su cabeza. Entonces se gira, mueve la cola e intenta besarme en la cara. Y me mira. Alza la vista y aparecen dos medias lunas blancas debajo de sus enormes pupilas. Sus ojos son pura ternura.

Su espíritu alberga algo que me es tan familiar como querido. Sus gestos y su forma de mirar. Su presencia, aunque apacible y silenciosa, es un eje fundamental en la familia. Es como si llevase toda la vida ahí.

Jana

A Jana los suyos la adoran. Se lo hacen notar. No importa qué haya ocurrido, al llegar a casa lo primero es ir a buscarla a su sitio. Jana se siente muy querida. Jana cuida y da cariño a su familia, que es la mía. Jana es un ángel.

(A Rosa).

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Nicole y Dun

– ¿Por qué Dun? -, preguntó el capitán.

– Por Verdún -, respondió Nicole.

– Es el perro del enemigo, debería usted saberlo.

– Dun no pertenece a nadie -, replicó mientras acariciaba las orejas del pastor alemán.

Nicole se había acostumbrado a las impertinencias de los mandos, que se empeñaban en hacerle ver lo poco necesaria que era su presencia en aquel tranquilo pueblo. Ella por su parte hacía ya tiempo que no medía sus respuestas. Llevaba semanas recluida en el pabellón 7, tratando enfermos de disentería durante el día y evitando el acoso de los soldados sanos por la noche. Contaba además con su ángel, que no dudaba en enseñar los colmillos a quien se acercara con aviesas intenciones.

Todo eso cambió al despuntar las primeras luces del 21 de febrero de 1916. Algo despertó a Dun, que empezó a caminar en círculos con el rabo entre las piernas. Nicole trataba de calmarlo, pero el perro estaba presintiendo algo grave. Con el sonido de la primera bomba Dun se escondió bajo la cama, temblando. Diez meses pasó refugiado en aquel lugar. Al principio sólo salía para hacer sus necesidades o cuando olfateaba a Nicole, que volvía exhausta al final del día. Dun vencía sus miedos más profundos sólo por verla unos segundos, ya que sabía que esa noche podría ser la última. Nicole vencía su agotamiento unos minutos sólo por poder acariciar al único ser que podía borrar la mueca de amargura que se había instalado en su rostro.

Poco a poco, cuando los bombardeos se hicieron menos frecuentes Dun empezó a acompañar a Nicole a la enfermería. Entre camillas, goteros, médicos y enfermeras corriendo de acá para allá se escabullía con tal de estar su lado, sin importarle los exabruptos de quienes querían echarle de allí.

El tiempo pasó y ambos se vieron instalados en una casa en París. Dun esperaba durante el día bajo la cama, aún temeroso, con el mal augurio de que Nicole no volvería por la noche. Cuando escuchaba la puerta salía disparado para recibirla. Nicole le acariciaba las orejas y olvidaba por un momento el horror que había vivido en tiempos de guerra y la injusticia que le tocaba soportar en tiempos de paz.

Nicole y Dun
Nicole y Dun.

Una tarde de viernes, Dun entró a la casa escapando de la lluvia que empezaba a arreciar. Le extrañó encontrar a Nicole acostada, de modo que se acercó a ella y empezó a olisquear su mano, que colgaba a un lado de la cama. Al contrario de lo que esperaba, Nicole no reaccionó, ni le puso la mano sobre su cabecita. Su querida Nicole, la que tantas vidas había salvado, ya nunca despertó. Dun se tumbó a un lado de la cama entonces y simplemente esperó.

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Stamina

Después de cincuenta minutos de correr por el bosque regresaba fatigado. Cuestas, caminos, piedras y arroyos habían machacado sus piernas y las fuerzas empezaban a flaquear cuando ya no quedaba mucho para llegar a casa.

Entonces, de la nada apareció una mancha marrón. Ignorando los silbidos de su amo, que corría tras él, trotaba libre por el bosque. Si la felicidad puede ser representada en una imagen, era la de ese cachorro. Cuando vio al corredor no pudo evitar lanzarse tras él. Éste, por su parte, no pudo evitar pararse y acariciar al perrito, que movía sus patas con la descoordinación propia de su edad. La escena duró apenas unos segundos, el tiempo suficiente para que el muchacho que perseguía a su perro pudiese llegar y hacerse con él por fin. El corredor siguió entonces, pero el efecto del encuentro se hizo notar en su cuerpo. La fatiga había desaparecido por completo, como si el animal la hubiese sustituido por renovada energía. Aquel ser era un pequeño generador…

Nunca antes había recorrido los escasos tres kilómetros que le quedaban para llegar a casa tan rápido. Y nunca tan sonriente.

@desmond_eutand